
Crisis de identidad
En las nuevas generaciones crece silenciosamente una crisis que afecta la comprensión de lo que es ser persona
Pbro. Erik Sánchez Rodríguez
2/23/20264 min read


En una generación con más comodidades y oportunidades que nunca, crece silenciosamente una crisis de identidad que afecta la comprensión de lo que significa ser persona.
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A menudo, la pregunta “¿Quién soy?”, “¿Quiénes somos?”, “¿De dónde venimos?” y “¿A dónde vamos?”, y otras semejantes, se ha asociado a un ambiente puramente filosófico y casi exclusivamente antiguo. Es cierto que dichas preguntas tan profundas ya rondaban en aquellas ilustres mentes del pasado, y que tuvieron la certeza de reflexionar hondamente sobre ellas en busca de respuestas; pero lo cierto es que estas incógnitas no son propias de esos tiempos: siguen siendo actuales y urgentes.
Las respuestas técnicas que, a partir de entonces —y gracias a esos pensamientos profundos— hemos podido tener, son una alegría humana. Como especie que camina sobre este mundo, nos han ahorrado pasos y han puesto los cimientos de un conocimiento de nosotros mismos tan profundo como perenne.
Seguramente, no fue fácil responder a esas preguntas; es un esfuerzo titánico y reflexivo. Sin embargo, esas respuestas técnicas y universales no ofrecen respuestas a las mismas preguntas cuando se formulan de manera personal. Ya no se trata solo de “¿quién es el hombre?”, sino de “¿quién soy yo?”; no es un “¿a dónde vamos?”, sino un “¿a dónde voy?”. En la universalidad de las preguntas, a veces se evade la responsabilidad que implican las preguntas personales.
Regreso a los inicios
Hoy hay una urgencia por volver a plantear esas preguntas universales y personales: ¿Quién es el hombre? ¿A dónde va? ¿Quién soy yo? ¿A dónde voy? ¿Cuál es mi finalidad aquí? ¿Para qué tengo la libertad? ¿Qué debo hacer con mi voluntad?
Los acontecimientos históricos de la vida del ser humano, tanto de fines del siglo pasado como de este cuarto de siglo, y los propios acontecimientos fracturantes de cada individuo, han hecho que se pierda de vista la identidad personal. Poco a poco se producen efectos en cascada que muestran un escalamiento de menos a más, cada vez más visible y sorprendentemente inconcebible.
¿Qué está pasando?
¿Qué está pasando en el ser humano? ¿Qué pasa por la mente de aquellos que ya no quieren identificarse como personas o como seres humanos y prefieren identificarse como animales? Esta nueva generación es la que, históricamente ha tenido mejor trato físico en sus hogares, mayor respeto integral, mejor solvencia económica y más oportunidades de entretenimiento. Sus padres les han dado todo, porque es una época de oportunidades, en la que, aunque sea con endeudamiento crediticio, logran tenerlo casi todo.
Curioso resulta que también es la generación hija de aquellos padres que más se han alejado de Dios, aunque no se pronuncien ateos; hijos de quienes se dicen areligiosos; hijos de quienes han dado todo lo material, pero no les han dado ni espiritualidad ni la enseñanza del valor y respeto de la vida humana. Esta combinación, tarde o temprano, pasa factura.
Esta es la generación a la que le cuesta ser quien es, que ya no quiere ser lo que es. Hombres que se identifican como mujeres, mujeres que se identifican como hombres, otros que no niegan su humanidad pero que no se identifican ni como hombres ni como mujeres. Se cumple así lo que dijo el célebre personaje Cantinflas: “ni uno, ni otro, sino todo lo contrario”.
Jóvenes que empezaron celebrando en redes sociales que un toro mate a un torero (no estoy de acuerdo con el maltrato animal, pero tampoco que se alegren con la muerte de las personas). Una generación que aplaude en redes cuando un perro muerde a alguien, que se mofa de quienes mueren en las fauces de cocodrilos o leones, porque —según dicen— es culpa de las personas que se metieron en su hábitat. Estas faltas de sensibilidad ante la muerte de uno de los suyos, y el ensalzamiento de la vida de los animales por encima de la humana, ya eran un foco de alerta en todo su esplendor.
No hablo de inmoralidades, ni de faltas de ética, ni de pecados. Eso es ya punto y aparte. Pero si en las cosas más básicas de la identidad humana vamos por un rumbo evidentemente perdido y torcido, cada vez más, imaginen en qué puedan derivar esas desviaciones en los temas mencionados al inicio de este párrafo.
Cambio de pregunta
La pregunta en el mundo no debe ser hoy —para quienes viven estas situaciones— con quién se identifican, sea con un género o con un animal, sino por qué no se identifican como personas, em todo lo que esto significa; por qué se alegran ante la muerte de seres humanos; por qué aplauden la muerte del prójimo. Dirigir a los niños y jóvenes que han perdido el rumbo no es una falta de respeto a su libertad: es un deber social. La verdadera falta de respeto a su humanidad es no guiarlos y dejarlos perderse.
Si esto es hoy, ¿qué será mañana? ¿Qué harás por tus hijos? ¿Qué harás por los jóvenes? Los periodistas, las televisoras, los mercados hacen fila para quedarse con un pedazo jugoso de la ganancia que estas cosas generan, mientras los niños y jóvenes se pierden.
Ante este panorama, no basta con lamentarse, ni reírse, o tomársela a la ligera. Es necesario que cada cristiano, cada padre de familia, cada educador y cada ciudadano defienda hoy la vida humana, no solo desde el vientre —en quienes están por nacer—, sino también en aquellos ya nacidos que, sin darnos cuenta, bajo el engaño de una falsa libertad, se van perdiendo y dejan de ser lo que deben ser: humanos e hijos de Dios. Es tiempo de volver a enseñar, con la palabra y con el ejemplo, que la mayor dignidad del hombre está en reconocer quién es y para quién vive y a dónde va.
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